Señales físicas del estrés que no debes ignorar

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el estrés como un estado de preocupación o tensión mental generado por una situación difícil (Fuente: OMS). Es una respuesta natural, pero cuando se vuelve excesivo, aparecen síntomas físicos y psíquicos claros.
Vamos a enumerar las situaciones que quizás estás sintiendo:
- Dolores de cabeza frecuentes: Esa sensación de presión o "pesadez" en la frente. No siempre es un simple dolor de cabeza, puede ser solo tensión acumulada.
- Tensión muscular constante: Especialmente en el cuello, los hombros y la espalda. ¿Despiertas con la mandíbula apretada o apretando los dientes?
- Problemas digestivos: Acidez, náuseas, diarrea o estreñimiento continuo, muchas visitas al médico pero no mejoras. El intestino es nuestro segundo cerebro y sufre cuando la cabeza no para.
- Fatiga extrema: Despertar sin ganas aunque hayas dormido 8 horas. El estrés crónico consume nuestra energía incluso cuando estamos en reposo.
- Cambios en el apetito: Comer sin hambre o perder el apetito por completo. Es el cuerpo intentando regularse como puede.
- Palpitaciones o sensación de pecho apretado: Si no tienes un problema cardíaco diagnosticado, esto puede ser ansiedad en estado puro, disfrazada de síntoma físico.
Si quieres profundizar en este tema, hace un tiempo escribí sobre estas y otras sensaciones en el artículo "Estrés y cuerpo: señales que no debes ignorar".
¿Y ahora qué hago?
La buena noticia es que organizaciones como la Organización Panamericana de la Salud (OPS) crean guías educativas para poder manejarlo, con herramientas sencillas que podemos incluir en nuestra rutina diaria. Una de ellas es "En tiempos de estrés, haz lo que importa". La he leído con detención y te resumo los 5 pasos clave que propone, que son muy parecidos a lo que trabajamos en las sesiones:
- Poner los pies en la tierra: Cuando sientas que te desconectas por la preocupación, concéntrate en el momento presente. Fíjate en 5 cosas que ves, 3 que escuchas y 1 que tocas. No elimina la tormenta, pero te mantiene a salvo hasta que pase.
- Desengancharte: Identifica el pensamiento o el sentimiento que te envuelve en ese momento y nómbralo en silencio ("Aquí hay preocupación", "Me doy cuenta de que tengo miedo"). Luego, vuelve a centrarte en lo que estás haciendo.
- Actuar según tus valores: Pregúntate: ¿Qué tipo de persona quiero ser? (¿Paciente, valiente, cariñosa?). Aunque no puedas cambiar una situación difícil, es más fácil cuando tenemos una guía para seguir.
- Ser amable (pero contigo): Esto es fundamental. Muchas veces somos nuestro peor juez. Aunque parezca algo sin importancia, el tratarnos de "Es que soy muy tonto" o "Me pasa por que soy muy pava", va afectándonos silenciosamente. Es mejor algo como "Esto es difícil, pero me merezco cuidar de mí".
- Dejar espacio: En lugar de querer evitar los pensamientos negativos, les debes dar espacio. Guardarte las cosas siempre hará que en algún momento exploten (y a veces en el momento menos indicado).
Si quieres profundizar aún más, te invito a leer el artículo que escribí sobre "¿Cómo saber si mi ansiedad es normal o ya es un trastorno?", ya que el estrés y la ansiedad suelen ir de la mano.
Y si las señales persisten...
Escuchar a tiempo puede evitar enfermedades mayores. Recuerda: tu cuerpo no es tu enemigo. Es tu aliado, solo intenta decirte algo que tu mente ha estado callando.
Recuerda que esto es una guía, nunca (pero de verdad nunca) es bueno autodiagnosticarse, y si ya estás buscando tus síntomas en Google, es una alerta que debieses ver, ya que conscientemente estás observando que algo está pasando en tu cuerpo. En mi página de servicios explico cómo trabajo y estamos a un clic para conversar.
Si sientes que necesitas ayuda profesional, te invito a que hablemos. Podemos agendar una primera sesión online o presencial. Recuerda pedir ayuda es lo más valiente que puedes hacer. Puedes agendar una cita o escríbeme al WhatsApp.